

Hay territorios que, más que paisajes, son heridas abiertas. Memorias. El norte grande de este largo país llamado Chile pertenece a esa categoría: extensiones infinitas de tierra y cielo atravesadas por la minería, el sol y muchas veces por la ausencia. La exposición fotográfica “Compartir la memoria, retratar lo intimo”, que se exhibe durante este mes de agosto en la galería Homero Martinez Salas del Centro de Extensión Cultural Municipal de Ovalle, reúne el trabajo de tres autores con distintas miradas sobre el norte pero todas sobre un mismo escenario: No buscan para nada ser postales turísticas. En cambio, se adentran en la intimidad de las historias personales develadas por esa luz dura tan característica de la pampa, que devora el mediodía y saca a flote las marcas invisibles que la actividad extractiva deja en cuerpos y comunidades.
Lo interesante de esta muestra es que, si bien los trabajos comparten territorio, cada mirada propone una cartografía personal propia que, por lo demás, dialoga con las imágenes enviadas por los habitantes de la provincia. Desde lo arqueológico o lo performático, pasando por la intimidad del duelo, el autorretrato, el recorte de prensa, o por lo onírico de una fisura en la roca que a su vez pareciese ser una imagen satelital de esta estrecha franja de tierra que se avista desde el espacio (o desde los helicópteros), se da forma al los encuadres que tensionan el vacío monumental que las ausencias dejan. Estas fotografías son el testimonio de trabajadores, hijos de trabajadores y/o habitantes de un territorio que se resiste a desaparecer o a dejar desaparecer su historia.
En conjunto, estas miradas nos revelan que el territorio no es solo un espacio físico, sino una mezcla de memoria, conflictos, afectos y heridas. Y en el norte de Chile las imágenes se vuelven un espejo incómodo, pero honesto de esto. Tanto la riqueza mineral que ha impulsado al país durante décadas convive con un legado de contaminación, desplazamientos y muchas veces pérdida cultural. Las fotografías no gritan, pero sí interpelan. Nos recuerdan que si bien el Chile de hoy tiene cimientos de caliche y desierto, sus brillos también proyectan sombras.
Como espectador, salí de la sala con muchas preguntas pero por sobre todo con una certeza: el territorio no se “documenta” sin más, se vive, se lee y se re-interpreta. Y, en esa re-interpretación, se decide qué se cuenta y la importancia del “por qué”. Esta exposición, afortunadamente, opta por incluir una mirada auroral sincera: el barro, el polvo se sienten y se respiran, y la luz como siempre, se encarga del resto.
Andrés Larraín Araneda, fotógrafo.